Mi despedida de Colombia

Niamh Ni Bhriain is a former Frank Jennings Intern with Front Line Defenders. She recently volunteered with Peace Brigades International in Colombia.
Niamh Ni Bhriain hizo su pasantía con Frank Jennings de Front Line Defenders. Hasta hace poco ha trabajado como voluntaria para Peace Brigades International en Colombia.

Anochecía cuando me despedí de la comunidad agrícola situada en el noroeste de Colombia. Me monté en la parte posterior de una camioneta polvorienta y vieja, que daba tumbos y sacudidas por un sendero de gravilla y serpenteante, yendo cuesta abajo por la colina verde que lleva a interminables plantaciones de bananos y al Golfo de Urabá. En Colombia, la puesta del sol es breve, un momento efímero antes de que el campo se sume en la oscuridad bajo un cielo inmenso, pesado, lleno de nubes iluminadas por algún que otro relámpago. Pensé en las muchas comunidades rurales que, sin electricidad, se preparaban para su descanso nocturno; quizás jugando al dominó a la luz de las velas, mientras escuchan vallenato en sus radios de baterías. Con el tiempo cesará también el vallenato y el campo caerá en un profundo sueño salpicado por el retumbo ocasional de truenos, disparos y explosiones. Al amanecer, se llenará una olla de agua en el río para preparar café tinto, se escuchará el vallenato una vez más y los agricultores agarrarán sus botas, sombreros y machetes. Comenzará otro día.

PitalitoDurante el año y medio que pasé en Colombia acompañando a defensores de derechos humanos tuve el placer de compartir con muchas comunidades campesinas, que son defensoras de derechos humanos aunque no lo sepan o se consideren a sí mismos como tales. Se oponen al uso de la violencia y defienden de manera pacífica su derecho a mantener sus tierras. Estos agricultores aran la tierra; siembran sus cultivos de yuca, arroz y maíz; trabajan con esmero y a mano; cuentan con la mula como compañera fiel. Desafortunadamente, este trabajo es a menudo interrumpido con brusquedad por la llegada de presuntos paramilitares armados, quienes forzosamente expulsan a los agricultores y sus familias de sus tierras mediante asesinatos, desapariciones, ataques y amenazas. Esto ha provocado desplazamientos masivos, la pérdida de vivienda, hambre y, sobre todo, miedo.

PutumayoBajo el calor sofocante del sol de Putumayo, durante una tarde tranquila de viernes, me encontré con varios agricultores que se habían reunido, en la ciudad sureña de Puerto Asís, para discutir la reciente oleada de detenciones de campesinos, todos ellos han sido acusados ​​de ser miembros de la guerrilla. Según los agricultores, todos los detenidos eran miembros de las asociaciones de campesionos involucradas en llamar la atención sobre las violaciones de derechos humanos en la zona.

Unos meses antes viajé a Crucito, Tierralta al borde del Parque Nacional Nudo de Paramillo, un área a la que solo se puede llegar en barco, ya que se encuentra completamente aislada del mundo exterior debido a la construcción de una presa que inundó toda la zona. Este embalse imposibilita que los agricultores puedan exportar sus cosechas al mercado más cercano. A pesar de que se les prometió compensación, muchos abandonaron la zona después de haber esperado en vano durante muchos años, con falsa esperanza, que se cubrieran sus pérdidas. Me sentí profundamente conmovida por el gran número de personas que caminaron durante casi dos días desde los rincones más remotos del Nudo de Paramillo para asistir a este evento humanitario y denunciar, por primera vez y frente a los abogados de derechos humanos presentes, el abuso que han sufrido durante años y el abandono total al que han sido sometidos por parte de las instituciones del Estado. Estaba realmente asombrada por su valentía, pero algunas semanas más tarde quedaría pasmada y sin poder contener las lágrimas cuando escuché que dos agricultores que asistieron al evento, al parecer, habían sido asesinados a tiros por presuntos paramilitares.

Niamh En otra ocasión, en un día sombrío de frío glacial, me senté en una pequeña sala del tribunal de un pueblo de estilo colonial en las montañas de Boyacá para asistir al juicio de un soldado. Había sido acusado de secuestrar a un guarda de la estación local de autobuses, atraerlo a una zona rural en Boyacá, matarlo y vestirlo como guerrillero para mostrarle al mundo que Colombia estaba ganando la guerra contra las FARC. Miré al soldado a los ojos, pero no vi ningún remordimiento, ninguna emoción, ni siquiera ira o tristeza. No vi nada. Parecía que se había muerto y podrido por dentro, al igual que su víctima y ​​los miles de otros falsos positivos, muchos de los cuales eran campesinos y defensores de derechos humanos inocentes.

Estas y muchas otras historias parecidas pasaban por mi mente mientras esperaba sentada por horas en la sala de embarque del Aeropuerto Internacional de Bogotá el abordaje de mi vuelo a casa. He leído el periódico de la mañana, el que informó acerca de la huelga que fue llevada a cabo ayer por los agricultores colombianos que supuestamente habían sido infiltrados por la guerrilla. La difícil situación de los agricultores, que fue uno de los principales motivos de la huelga, no fue mencionada en el artículo.

Los rayos de la puesta del sol iluminaron el avión hasta finalmente dar paso a un cielo estrellado. Mientras tanto yo me transportaba mentalmente de regreso a la comunidad rural. Casi podía escuchar el ruido de las fichas de dominó y el vallenato, de fondo, haciendo eco a través de las colinas; mientras, la comunidad se preparaba para su descanso nocturno. Habían sobrevivido un día más en el amargo conflicto armado de Colombia. Me pregunté cuánto tiempo más iban a sobrevivir.

Niamh

Niamh Ni Bhriain hizo su pasantía con Frank Jennings de Front Line Defenders. Hasta hace poco ha trabajado como voluntaria para Peace Brigades International en Colombia.

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