Las mujeres de Puente Nayero

Lola y sus padres viajaron en canoa, por el mar, para llegar a Buenaventura, el viaje duró ocho días. Era 1956 y Lola tenía apenas ocho años. Sus padres construyeron una casa de madera sobre pilotes apoyados en el fondo del mar, en la que Lola iba a pasar toda su vida.

Cuando la marea subía, la casa se convertía en una isla rodeada por el mar; cuando bajaba, Lola y sus amigas se metían debajo de las casas para jugar al escondite. El papá de Lola cortó palos y construyeron un puente para conectar su casa con las otras y con la tierra firme. Lola pasó una niñez tranquila y feliz, a pesar de la falta de agua potable y electricidad. Cuando creció se hizo comerciante, con su bote de motor recorría el mar para comprar coco, pescado, naranjas o petróleo que vendía en el primer piso de su casa. Tuvo dos hijos y como el negocio le fue bien adoptó a otros nueve; vivían “sabroso” en el segundo piso de su casa[1].

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Mujeres y hombres esperan su turno para llenar sus “galonetas” (bidones) con agua en los tres o cuatro puntos de recogida de agua que hay en la calle de Puente Nayero.

Mientras tanto, el barrio fue aumentando. Cuando un día, en 1990, una niña se cayó del puente y se ahogó en el mar, Lola y sus vecinos se pusieron las botas y comenzaron a construir una calle. No querían que nunca más se repitiera una tragedia así. Duraron cinco años rellenaron con basura la calle, esto atraía a moscas, mosquitos y enfermedades, y con el calor del mediodía se disparaba el mal olor, que se volvió insoportable. A pesar de todos los inconvenientes, por las noches tocaban la marimba y pasaban un rato agradable. Cuando terminaron fue toda una celebración, por fin las familias podían estar sentadas frente a sus humildes casas, las mujeres intercambiaban recetas, chismoseaban y jugaban a las cartas. A pesar de la pobreza vivían felices. Había algo bonito, una confianza y un respeto.

Doña Lola comenzó a escuchar sobre los grupos armados ilegales en el año 2000. Cada vez les llegaban más historias de la guerrilla y los paramilitares sembrando el terror. En 2001, llegó mucha gente a su barrio en busca de un nuevo hogar, huyendo del río Naya donde los paramilitares asesinaron y desplazaron a las comunidades afrodescendientes[2]. En la nostalgia de los recuerdos de otra vida, nombraron al barrio el Puente de los Nayeros.

En 2004, se desmovilizó el Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC); gradualmente, en los barrios de Buenaventura, aparecían grupos sucesores de los paramilitares. Los Urabeños y la Empresa comenzaron a disputar el control de Buenaventura[3], y empezó una larga temporada de violencia en la ciudad. A Doña Lola le desaparecieron a uno de sus hijos. “Perdí la mente. Era mi hijo, mi amigo, mi confidente. Me lavaba la ropa, los platos, me cocinaba los domingos”, recuerda mientras queda sumida en un triste silencio.

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Una niña aprovecha el agua, que llega cada tres días, para ducharse.

Desayuno, almuerzo y cena de plomo

La Chava nunca olvidará el 1 de noviembre de 2011, cuando llegaron alrededor de 15 hombres armados de La Empresa y ocuparon la calle de Puente Nayero. Desde ese día, vivía atemorizada, cada rato había una balacera: “desayuno, almuerzo y cena de plomo, y hasta refrigerio”. “Había cuatro, cinco, seis, siete balaceras en el día”. Ella temía por sus tres hijos porque sabía que reclutaban a los niños y a los jóvenes.

“Mataron a un muchacho, lo envolvieron en plástico y lo metieron debajo de una casa”, fue el primer acto de violencia que cometieron en la calle. Convirtieron una de las viviendas en una “casa de pique” y allí llegaban por las noches con personas que traían abrazadas como amigos, los mataban a machete y tiraban sus cuerpos al mar. Recuerda los gritos de las víctimas, sus suplicas, el sonido de una motosierra. El mar y los manglares se convirtieron en cementerios de cuerpos mutilados. Hubo una sensación colectiva de impotencia, nadie se atrevía a decir nada, las mujeres intentaron mantener una vida normal, encerradas en sus casas. La Chava sufría de los nervios, no comía, no dormía. Las mujeres fueron obligadas a cocinar para los invasores, a lavarles la ropa. A veces, esos hombres obligaban a las mujeres a esconder armas dentro de sus casas y a los niños a transportarlas en ollas o en sus maletas escolares.

Marly tenía apenas 22 años cuando llegaron los hombres armados. Cuando uno de ellos quería enamorarla no sabía qué hacer, sentía miedo y angustia. Se encerró en su casa, escondida detrás de la cortina miraba por la ventana, veía a los hombres armados sentados en el andén cerca de su casa. Estaba atemorizada. “Si una no les aceptaba, ellos de pronto, por ahí, la cogían a la fuerza”. Denunciar tampoco era una opción por las posibles represalias. “Si yo denuncio, me matan a mi familia”. Ese era su temor más grande.
Fueron casi dos años de encierro en sus pequeñas y sofocantes casas. Pero cuando mataron a Marisol, una vendedora de mariscos muy querida en el barrio, la indignación le ganó al miedo.

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Antes de su llegada a Buenaventura, muchas familias vivían en zonas rurales y apartadas en el río Naya.

Buscaron el apoyo de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz (Cijp) y planearon una estrategia audaz. Era Domingo de Ramos, (13 de abril de 2013), y mientras el obispo de Buenaventura oficiaba la misa en la calle, los miembros de la Cijp entraron en la misma. De ese modo, ese día crearon el Espacio Humanitario Puente Nayero, una iniciativa comunitaria para seguir viviendo en su territorio, a pesar del asedio propiciado por las dinámicas del conflicto armado y la violencia. Fue la primera experiencia de Espacio Humanitario en una ciudad.

En la entrada instalaron una puerta grande de madera que cierran en la noche. La mayoría de los hombres armados se fueron, otros regresaban, pero los vecinos les hacían para que no volvieran. Y, finalmente, dejaron el barrio. Pocos días después de la creación del Espacio Humanitario, la Cijp solicitó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos medidas cautelares para proteger a sus residentes. Hoy en día, la policía vigila la calle 24 horas, resultado de dichas medidas cautelares.

Ahora las mujeres se sienten protegidas dentro del Espacio Humanitario, pero Buenaventura sigue siendo una de las ciudades más violentas en Colombia. “Una está más tranquila en la calle, los hombres van a pescar, salen hacía fuera, pero siguen con miedo”, destaca Marta, cuyo esposo es pescador. “Cuando pescan están con ese miedo, a algunos les han quitado los motores, las herramientas, la producción que traen”.

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El Puerto de Buenaventura es uno de los más grandes de país. El rápido crecimiento del comercio en la región Asia-Pacífico está aumentando las entradas de barcos en el sur occidente colombiano.

Desde ese Domingo de Ramos, La Chava, Marta y Marly se han convertido en lideresas de su calle. Es algo positivo que salió de aquella pesadilla. Han creado un grupo de mujeres y ahora son 28 las que se reúnen a menudo, celebran cumpleaños, barren la calle desde la punta del mar hasta la puerta de entrada y organizan bingos. El grupo se llama “Paz y Amor”, porque “no queremos más la violencia, queremos alimentar el espacio con cosas buenas, vivir felices con nuestras vecinas y compañeras”, cuenta Marta.

Las mujeres deben recorrer un camino arduo para cambiar su situación y superar todos los obstáculos para sobrevivir en medio de la pobreza. La calle se transforma cuando llega el agua, cada tres o cuatro días, nunca hay certeza del día ni de la hora. Son las cuatro de la mañana, y después de dos días de espera, finalmente, llega el agua a Puente Nayero. Las mujeres aparecen con sus “galonetas” vacías, en los tres o cuatro puntos de recogida de agua que hay en la calle, y mientras esperan con paciencia su turno para llenarlas, charlan y ríen. Algunas de las mangueras que proveen el agua se encuentran bajo las casas, y las mujeres deben meterse entre el barro y la basura para llenar las galonetas. Marta acaba de llenar las suyas, y luego de respirar profundo, toma fuerza, aprieta los dientes y levanta una galoneta de 22 litros de agua en cada mano y se marcha a su casa.

Desde los límites de Puente Nayero las mujeres miran al mar. A poca distancia se encuentra el puerto por donde entran alrededor de 12 millones de toneladas de carga cada año[4]. Buenaventura se ha convertido en uno de los puertos principales de Colombia, un puerto que aparentemente busca el progreso, pero mientras tanto, el 80% de la población vive en la pobreza[5], como Marta, Lola, Marly y La Chava.

Bianca

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Notas de pie
  1. Texto basado en entrevistas a cuatro mujeres en el Espacio Humanitario de Puente Nayero, enero de 2016
  2. El Espectador: La masacre del naya, 4 de julio de 2009
  3. Human Rights Watch: La crisis en Buenaventura, 2014
  4. Comisión Intereclesial de Justicia y Paz y Mundubat: Buenaventura El despojo para la competitividad, mayo de 2015
  5. El Tiempo: Desigualdad, amenazas y conflicto afectan al Valle, 16 de mayo de 2013

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