Romper el silencio

Necesito llorar, o tal vez gritar. No sé. Necesito liberar toda la angustia y toda la rabia que alberga ahora mi corazón. Pero no, creo que no voy a ponerme a chillar ni a lagrimear, creo que para serenarme os voy a contar.

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Acabo de regresar de Boyacá, un departamento que fue cruelmente azotado por la violencia entre finales de los 80 y a lo largo de los 90. Por Boyacá pasa el río Lengupá, un río más de Colombia que recorre los municipios de Miraflores, Páez, Berbeo y algún otro. El Lengupá se contempla rodeado de grandiosas montañas desde el filo de un acantilado abrupto ubicado en un paraje de belleza absoluta al que llaman Buenavista.

En los años que os menciono, los de una violencia intensa en Boyacá, cientos de líderes sociales y políticos, estudiantes, campesinos, personas que querían cambiar Colombia fueron víctimas del paramilitarismo. Su delito fue querer transformar. Su castigo, ser lanzados al río Lengupá por el abismo de Buenavista. Fueron arrojados vivos.

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Lengupá permaneció callado ante tremenda atrocidad, silenciado por el miedo durante años. Sin embargo, desde el 2014, una vez al año y sin fecha fija, motivados por organizaciones defensoras de derechos humanos, los familiares de las víctimas se reúnen valientemente allí, en el mismo borde del precipicio que fue el escenario de los hechos. Y en un emocionante acto de memoria narran despacio y con dificultad sus historias. Dan rienda suelta a su sufrimiento, se desahogan y, al mismo tiempo, perdonan.

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Esta admirable lección de coraje y bondad hace pensar que la paz de Colombia, además de un reparto equitativo de la tierra, además de justicia social y de una democracia efectiva, también necesita romper el silencio. Necesita contar para recordar. Hablar para calmar el dolor, para perdonar y reconciliar. Contar, en definitiva, para construir paz.

Bego

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