La bella Madre Tierra

Dos ríos se encuentran en el pequeño pueblo Alto Guayabal, el menor, de color turquesa, llamado Jancadía y el mayor, de color verde ámbar, llamado Jiguamiandó que significa río que da fiebre en lengua indígena Emberá. Su nombre hace justicia a este mundo cubierto de mosquitos, donde la gente a menudo se contagia de enfermedades tropicales.

A lo lejos se levanta imponente el cerro Jai Katumá donde viven los espíritus del pueblo Emberá. Las 87 familias habitan en ranchos que se elevan sobre pilotes para evitar el impacto devastador de las aguas durante las épocas de lluvia. Los techos son de zinc o de hoja de cortadera trenzada y en las casas cuelgan grandes y coloridas telas, que las mujeres utilizan como faldas cruzadas que llaman parumas.

Alto Guayabal, Jiguamiandó, 2017
3.4% de los colombianos (1.3 millones de personas) se identifican como nativos. Colombia cuenta con 102 grupos indígenas. La mayoría viven en áreas aisladas. Las poblaciones se encuentran en una situación crítica; sus territorios han sido invadidos por colonos, terratenientes y traficantes de droga; y han sido desplazados forzosamente por el conflicto armado. Foto: Bianca Bauer

El pueblo pertenece al resguardo indígena Urada – Jiguamiandó. Para los Emberá, la tierra es sagrada y ellos son sus guardianes. Cuando tumban un árbol siembran cinco – así está escrito en su reglamento – y no cortan árboles cerca del río, ni tiran culebras a la corriente porque podrían contaminar las aguas con el veneno. El río es vida, allí se baña, se lava, se juega y se recoge el agua para beber. La selva es vida porque allí se caza a los animales salvajes. Gracias a estos cuidados, la mayor parte de las 90 mil hectáreas del resguardo aún tiene bosques nativos. Cada familia usa únicamente lo necesario para cultivar yuca, maíz, plátano, arroz y piña.

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Bajo la reforma constitucional que tuvo lugar en 1991, las poblaciones indígenas recibieron un importante reconocimiento legal y político. Hoy en día, 28% del territorio nacional colombiano es ocupado por 768 reservas indígenas, con 30 millones de hectáreas tituladas. Los territorios de las comunidades indígenas, se encuentran entre las regiones mejor conservadas y con mayor biodiversidad del país. Esto no se debe a la casualidad: las prácticas tradicionales son más favorables para la conservación, que los usos orientados a la obtención de beneficios. Foto: Bianca Bauer

La gente del Alto Guayabal es la dueña de esta tierra, que está legalmente constituida como resguardo indígena, una institución en Colombia de carácter especial. Aún así, su madre tierra está llena de enemigos. Desde hace cuatro años hombres colonos queman los árboles y los sustituyen por cultivos de coca. Han construido laboratorios en medio de la espesa selva donde procesan las hojas. Los residuos terminan en los ríos de colores y por eso hay días en que al bañarse, su agua produce rasquiña y la gente sale con manchas en la piel, les da diarrea cuando la beben y los peces se mueren.

Hoy día también transitan hombres vestidos de camuflado con armas largas y radios por la espesa selva[1]. Por miedo de toparse con ellos los hombres no salen con sus linternas a la cacería nocturna, ni pescan lejos del pueblo y por lo tanto, a ratos la comida escasea.

Ya han vivido un ciclo de violencia y temen que deban abandonar nuevamente su madre tierra para proteger sus vidas como ocurrió en el año 2000, cuando luego de un bombardeo, salieron corriendo las familias y regresaron solo ocho años después.

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Los Emberá votaron por el «no» a la extracción de sus recursos naturales. Fotos: Kolko

El cerro sagrado Jai Katumá también es símbolo de resistencia. Debajo de la montaña hay oro; de hecho, cuando hace falta dinero para comprar sal y ropa, los Emberá salen con su bareque con la ilusión de encontrar una brizna de oro. Así ya lo han hecho sus ancestros. Pero en 2009 una multinacional llegó con el proyecto Mande Norte, e intentó hacerse con el cerro para apropiarse de su oro. Como respuesta, mujeres, hombres y niños Emberá subieron al Jai Katumá y allí se quedaron seis semanas, exigiendo la salida del ejército y de los trabajadores de la empresa. Llevaron jaibanás, médicos tradicionales, para llamar a los espíritus y asustar a los ocupantes. Finalmente salieron victoriosos. Fue una batalla más para la protección de su madre tierra, bella y abundante. Las hijas e hijos de los protectores de la selva y los ríos corren libremente por los pastos verdes florecientes, gritando de alegría porque no han conocido la violencia vivida por sus padres y ojalá nunca lo hagan.

Bianca Bauer


Nota de pie:

[1] En marzo de 2017 hubo más de cien hombres de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia circulando por el resguardo. El Espectador: Denuncian incursiones paramilitares en Chocó durante fin de semana, 13 de marzo de 2017

*Foto de portada: Bianca Bauer

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