Cacarica nuevamente en medio del conflicto y la violencia

Hace veinte años sucedió lo inimaginable en el asentamiento de Bijao – Cacarica, (en la región del Bajo Atrato, Chocó). Entraron los paramilitares, se llevaron al campesino Marino López, lo amarraron, lo torturaron, lo mataron, le cortaron la cabeza y, luego, jugaron al fútbol con ella. El asesinato formó parte de las barbaridades cometidas en el marco de la Operación Génesis; una operación conjunta entre militares y paramilitares, por la cual fue condenado el General Rito Alejo del Río.

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Los paramlitares asesinaron a Marino López, un campesino común y corriente. Lo mataron porque querían infundir terror y fue la persona escogida. Murió decapacitado, su cuerpo fue cortado en varias partes, tirado al río, y luego de quitarle la cabeza, jugaron fútbol con ella.

Hoy, las comunidades temen que los hechos se repitan y vuelva el ciclo de violencia. En febrero de este año, la tranquilidad de sus hogares fue interrumpida por un grupo de neoparamilitares que entraron a la Zona Humanitaria Nueva Esperanza en Dios, (cercana a Bijao). En total, fueron ocho hombres, todos ellos tenían un buzo negro de manga larga, portaban pistolas y armas largas, radios de comunicación y cuatro de ellos estaban encapuchados. Entraron por la zona del campo de fútbol de la Zona Humanitaria (ZH), los niños que estaban por allí se asustaron y salieron corriendo hacía los cultivos, lo que provocó mucha inquietud en las madres, que demoraron alrededor de 15 minutos en encontrarlos. El miedo se extendía entre los vecinos de Nueva Esperanza en Dios, una mujer embarazada de siete meses se asustó al ver a los neoparamilitares y cayó desmayada e hizo que otras señoras temieran por el bebé.


Cacarica: Soy génesis

¿Cuales fueron las amenazas a la población civil en Cacarica durante 2015 y 2016?


Los encapuchados registraron cada rincón de todas las casas y revisaron los pozos mientras le decían a la población que estaban buscando a algunas personas. Y prohibieron que nadie saliera de la ZH durante las dos horas que ellos estuvieron allí[1].

Para Pascual, uno de los líderes de la comunidad, este hecho fue una de las cosas más duras que han vivido desde que retornaron a su hogar. Todos tienen todavía muy presente en su memoria el miedo y la violencia que sufrieron con el desplazamiento del 1997, y los tres largos años de hacinamiento en el Coliseo de Turbo, en Bahía Cupica, en Riosucio y Bocas del Atrato, bajo condiciones infrahumanas, amenazas y estigma.

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La llamada Operación Génesis dejó tres mil quinientas personas desplazadas como consecuencia de una acción coordinada entre los paramilitares y el Ejército. La Operación ocurrió entre el 24 y el 27 de febrero de 1997. Fue una estrategia de despojo masivo sobre la población por parte de los grupos armados. Ilustración: María Lessmes

Cuando lograron retornar, crearon la Zona Humanitaria precisamente para prohibir la entrada a todos los actores armados, ya sean legales o ilegales, para poder resistir en su hogar, en medio de un conflicto armado. Y les había funcionado hasta ahora, “aquí no habían entrado los paramilitares, habían pasado por los alrededores, habían amenazado, pero no entrado”, nos comenta Pascual.

Érika Carvajal de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, (Cijp), acompaña y asesora a las comunidades de las Zonas Humanitarias en Cacarica. Destaca que desde 2015 hay una intensificación de la violencia en esta región del Bajo Atrato. En 2016, los neoparamilitares, bajo la denominación de Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) decretaron un ‘paro pacífico’ en Urabá[2] y todas las actividades fueron cesadas durante un día. “Lograron paralizar todo”, recuerda Érika y concluye que esto es un indicio clave del poder que han conseguido los neoparamilitares en esta región, “vuelven a presentarse otra vez como ejército irregular”.

Para Cijp, estos grupos armados buscan recuperar el control territorial, pero con una nueva estrategia: “ya no entran sembrando miedo y asesinando, sino que proponen proyectos socioeconómicos. Como muchas otras regiones del país, Cacarica es una zona olvidada donde la presencia estatal únicamente se nota por las intervenciones militares. Aquí falta de todo, vías, infraestructuras, salud, educación… Los neoparamilitares buscan ganarse a la comunidad ofreciendo construir todo esto”.

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Durante dos horas, Los encapuchados registraron cada rincón de todas las casas de Nueva Esperanza en Dios.

Danilo Rueda, miembro de Cijp, destaca que los neoparamilitares han venido con nuevas tácticas: “entregan regalos: balones de fútbol, muñecas y kits escolares a los niños y niñas”. Para Rueda, “lo que están dando a entender con esto es que se trata de una operación para la permanencia dentro del territorio y para satisfacer necesidades no satisfechas por el Estado a los pobladores en materia de educación y en infraestructura básica como el destaponamiento de los ríos. La finalidad es el control territorial para implementar proyectos productivos, como palma aceitera, ganado, banano, y para el tráfico de drogas hacia los países del norte”[3].

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Lo que buscan los neoparamilitares es el control territorial para implementar proyectos productivos, como palma aceitera, ganado, banano, y para el tráfico de drogas hacia los países del norte.

A pesar del susto y del miedo, muchos de los vecinos de la ZH mostraron coraje, se pararon frente los hombres armados para decirles: “miren, las cosas no son como antes, nosotros somos los que mandamos aquí y ustedes no tienen porqué estar en este sitio, por favor, ¡váyanse!”. Para Jahaira, una joven líder que narra lo sucedido, esta actitud es clave porque puede impedir que los neoparamilitares logren el control social de la población de Cacarica.

Noelia Vizcarra y Bianca Bauer


Notas de pie:

[1] Entrevista con Érika Andrea Carvajal Arriaga, miembro de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, 27 de febrero de 2017

[2] Semana: El audio de los ‘Úsuga’ que tiene aterrorizado a Urabá, 31 de marzo de 2016

[3] Entrevista a Danilo Rueda, Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, 26 de febrero de 2017

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