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Proteger cuerpo, mente y corazón

Todas estamos en continuo diálogo con nuestro entorno, cada cosa que pasa a nuestro alrededor tiene una respuesta en pensamientos, emociones y sensaciones. Estas son el altavoz que nos indica si necesitamos ser tapadas, beber agua o poner un límite ante algo desagradable. Las sensaciones y emociones son, por lo tanto, nuestra primera fuente de información para poder sentirnos bien. Lejos de ser máquinas que pueden con todo, los seres humanos somos seres vulnerables, eso quiere decir que somos cuerpos que se enferman, aprenden, se despiertan con energía y se acuestan cansados, se ríen, se enamoran, tienen hambre o frío, necesitan abrazos y ser escuchados, fallecen. Esta vulnerabilidad no es sinónimo de debilidad, al contrario, nos convierte en seres vivos conectados con el ecositema y en las principales sabedoras de nuestras vidas, con capacidad de decidir sobre qué necesitamos.

También somos interdependientes, estas necesidades no se satisfacen solas, sino que dependen de la gente que nos rodea: una madre, una abuela, una amiga, una compañera de equipo, una pareja, una vecina o alguien con quien simplemente coincidimos en la calle. De ahí que sea tan importante saber recorrer los caminos de lo que sentimos, para saber qué necesitamos y poder comunicarlo al resto. Pero no siempre la interdependencia nos aporta cuidado. En contextos de violencia sociopolítica, pueden poner en entredicho de manera sistemática nuestras necesidades, no solo como personas, sino como comunidades, haciendo que no podamos responder a lo que necesitamos y generando constantemente insatisfacción y emociones como el miedo, la frustración, el enfado o la desesperanza.

La violencia sociopolítica ataca a nuestros cuerpos y a nuestros territorios, que siempre están en vínculo, como indican las feministas latinoamericanas al hablar del «cuerpo territorio». La violencia sociopolítica, por lo tanto, en su persecución por atacar el tejido social, busca romper la confianza y los vínculos entre personas y eso lo hace, entre otras formas, a través del miedo, del estrés y la desesperanza. Que nos de miedo actuar, que actuemos por impulso sin pensar qué necesitamos, que estemos aisladas o que pensemos que nada se puede cambiar es parte de la estrategia emocional del miedo. Para llevarla a cabo, el ataque contra el cuerpo, la mente y el corazón de las personas y comunidades es claro. Un cuerpo adolorido, tenso por años, una mente llena de preocupaciones y un corazón sin esperanza, son la fórmula del miedo como arma de guerra. Y es que la violencia produce todo esto sobre nosotras, con implicaciones muy fuertes sobre nuestra salud y la solidez de los vínculos que creamos.

Ante eso, ¿qué hacer? Proponemos apostar por el cuidado, aunque sea difícil en muchas ocasiones. Cuidar no es siempre sentirse bien, no es estar estirada descansando, es también todo lo que hacemos para enfrentar las situaciones adversas. Dentro de este cuidado, es fundamental proteger el cuerpo, la mente y el corazón, ya que todas las violencias nos impactan a estos niveles. Cuerpo, mente y corazón están siempre unidos y lo que le afecta a uno le afecta al otro. Desde el trabajo de protección integral de PBI, queremos destacar algunas prácticas cuidadosas con nosotras mismas que hemos ido recogiendo en el trabajo en Colombia.

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«Ser defensor o defensora de derechos humanos en Colombia significa levantarse en la incertidumbre…»

Olga Araújo Casanova, quien siempre nombra sus dos apellidos para honrar a la mamá, es una educadora popular y defensora de derechos humanos, miembro de la Junta Directiva de la Asociación para la Investigación Social (Nomadesc)[1], organización radicada en Cali, Valle del Cauca. Seguir leyendo «Ser defensor o defensora de derechos humanos en Colombia significa levantarse en la incertidumbre…»