Archivo de la etiqueta: Mujeres Defensoras

Mujeres defensoras: Sostener la vida en contextos de guerra

por Daniela Cuenca, brigadista de terreno

El 8 de marzo en Colombia no es una fecha abstracta o una conmemoración más. Mientras en el mundo el debate oscila entre la celebración y la reivindicación de este día, en los territorios colombianos existen debates urgentes: cómo continúan las mujeres defendiendo la vida en medio del silenciamiento, la violencia y la falta de recursos. En un país atravesado por conflictos armados, disputas por la tierra y profundas desigualdades socialesi, el liderazgo de las mujeres se expresa muchas veces en la defensa del territorio, de las comunidades y de los derechos humanos. Hablar del 8M en Colombia implica, entonces, reconocer también a las mujeres que sostienen esas luchas cotidianas.

Defender la tierra y los derechos humanos en Colombia sigue siendo una actividad profundamente peligrosa. Según la Defensoría del Pueblo, entre enero y junio de 2025 se documentaron 89 asesinatos de líderes y lideresas sociales, y desde la firma del Acuerdo de Paz en 2016 se han registrado más de 1.577 homicidios de personas defensoras en el paísii. Este contexto de violencia afecta especialmente a quienes defienden el territorio en zonas donde confluyen economías ilegales, disputas armadas e intereses extractivos. Cuando se trata de mujeres lideresas, el riesgo adquiere dimensiones específicas, ya que además de amenazas y asesinatos, enfrentan violencias basadas en género como estigmatización, violencia sexualiii y ataques contra sus familias, utilizadas como mecanismos para silenciar su liderazgo. Como advierte la Defensoría del Pueblo en su informe sobre las mujeres defensoras: “cada mujer que alza la voz por la justicia y por la defensa de los derechos humanos requiere garantías plenas para ejercer su liderazgo sin miedo”iv.

En muchos lugares de este territorio, las mujeres han asumido roles fundamentales en la organización comunitaria. En los barrios populares, sostienen la vida cotidiana: se reúnen para impulsar pequeños emprendimientos, para aprender y enseñar oficios, para organizar ollas donde hierven sancochos, arroz con yuca y plátano, o simplemente para escuchar y acompañar a una vecina que sufre violencia o a una niña que se anima a contar lo que le pasó. En esos espacios compartidos, la palabra y el cuidado también se vuelven una forma de resistencia cotidiana. En los territorios rurales, su liderazgo se expresa en mingas, procesos campesinos y redes de cuidado donde las mujeres siembran, defienden el agua, protegen los ríos y los cerros, acompañan a víctimas del conflicto armado y sostienen la memoria de sus comunidades. Allí, la defensa del territorio no es una consigna abstracta sino una práctica diaria que atraviesa la siembra, la alimentación y el cuidado de la vida colectiva. Como señala la antropóloga feminista latinoamericana Rita Segato “Las mujeres han sido históricamente las gestoras y administradoras de la vida en comunidadv. De estas tramas cotidianas también nacen liderazgos que, desde distintos territorios, continúan defendiendo la vida y los derechos de sus comunidades, muchas veces acompañados por redes de apoyo y organizaciones que trabajan por la protección de personas defensoras de derechos humanos, como Brigadas Internacionales de Paz.

Liderazgos que nacen del territorio

Están las muchas mujeres que, en todos los territorios de Colombia, sostienen procesos de defensa de la vida sin ocupar titulares ni recibir reconocimientos públicos. Son lideresas comunitarias, campesinas, indígenas, afrodescendientes, madres, vecinas y jóvenes que organizan encuentros, acompañan a víctimas, cuidan el territorio, defienden el agua y mantienen viva la memoria de sus comunidades. Su trabajo cotidiano, muchas veces silencioso, se convierte en un ejemplo para otras mujeres que comienzan a alzar la voz y a fortalecer sus propios procesos organizativos. En esos espacios compartidos, en una reunión comunitaria, en una minga, en una cocina donde se conversa mientras se prepara la comida para muchas, también se gestan liderazgos y se transmiten experiencias de resistencia. Allí, donde la vida se cuida y se organiza colectivamente, se siembran las voces que mañana seguirán defendiendo los derechos, la dignidad y el futuro de sus territorios.

Algunas de estas luchas toman forma en liderazgos que nacen del territorio y se sostienen en el tiempo, a pesar de las amenazas y los riesgos. Quisiéramos nombrar a algunas de ellas, sabiendo que detrás de su trabajo hay otras cientos de mujeres y comunidades que trabajan por una vida más digna.

Un ejemplo es el de Jani Silva, lideresa campesina del departamento del Putumayo y presidenta de la Asociación de Desarrollo Integral Sostenible Perla Amazónica (ADISPA)i. Desde hace décadas, Jani participa en la defensa de los derechos de las comunidades campesinas de la Zona de Reserva Campesina La Perla Amazónica, un territorio donde las familias luchan por proteger la selva, los ríos y sus formas de vida frente a la violencia armada y las presiones sobre la tierra. Su liderazgo ha sido clave para fortalecer la organización comunitaria y promover alternativas de desarrollo para las comunidades rurales de la región.

Su trabajo ha tenido reconocimiento internacional. En 2024 recibió el Premio de la Paz del estado de Hesse (Alemania), que destaca iniciativas en favor de los derechos humanos y la construcción de pazii.

Otra forma de defensa se expresa en el acompañamiento a quienes buscan verdad y justicia frente a las desapariciones forzadas. Andrea Torres Bautista, abogada y defensora de derechos humanos, lidera la Fundación Nydia Erika Bautista quien acompaña a mujeres buscadoras de distintas regiones del país, brindando asesoría jurídica y formación para que puedan conocer y ejercer sus derechos en procesos de búsqueda y justicia. Su trabajo está atravesado también por una historia familiar de lucha contra la impunidad: es sobrina de Nydia Erika Bautista, víctima de desaparición forzada, e hija de Yanette Bautista, reconocida defensora de derechos humanos e impulsora de la ley que reconoce la labor de las mujeres buscadoras en Colombia. Desde su práctica profesional, Andrea contribuye a fortalecer las capacidades de estas mujeres para exigir verdad, memoria y garantías de no repeticióniii.

También desde el suroccidente del país, Berenice Celeita y Olga Araujo, defensoras de derechos humanos y lideresas de la Asociación para la Investigación y la Acción Social Nomadesc, han dedicado su vida a acompañar procesos organizativos de comunidades campesinas, afrodescendientes e indígenas en la defensa de sus territorios y de sus derechos. Su trabajo ha estado profundamente ligado a la educación popular como herramienta para fortalecer los movimientos sociales y reconstruir los tejidos comunitarios afectados por el conflicto armado. En ese marco, junto con Nomadesc, han impulsado la Universidad Intercultural de los Pueblos, un espacio de formación y encuentro donde líderes y lideresas de distintos territorios dialogan sobre los saberes de los pueblos, los planes de vida comunitarios y las alternativas de desarrollo para sus territorios. Como ellas mismas han señalado, estos procesos buscan reconocer “los saberes de todos los pueblos” y fortalecer el conocimiento colectivo que surge desde las comunidadesiv.

Todas somos indispensables

El 8 de marzo también es un día para detenernos y mirar hacia atrás. Para recordar a las mujeres que, desde distintos lugares y momentos de la historia, dedicaron su vida a abrir caminos para que hoy podamos ejercer derechos que antes parecían imposibles. Muchas de ellas fueron lideresas visibles, otras actuaron desde espacios más silenciosos, sosteniendo comunidades, acompañando procesos de organización o resistiendo en medio de contextos profundamente adversos. Gracias a esas luchas hoy existen más voces, más espacios de participación y más mujeres que se atreven a defender la vida, la tierra y la dignidad de sus pueblos.

Este 8 de marzo puede vivirse de muchas maneras: celebrando, marchando, recibiendo flores o simplemente reclamando silencio para pensar y recordar. Más allá de esas formas de sentirlo, este día sigue siendo, sobre todo, una fecha para conmemorar, agradecer y reconocer que cada mujer que alza la voz o cuida la vida en su comunidad hace parte de una misma historia colectiva.

En ese camino, las mujeres que hoy defienden los derechos humanos en Colombia, nos recuerdan que todas somos necesarias e indispensables, que no estamos solas porque los dolores y las alegrías se comparten, y que cada paso cuenta para seguir conquistando los derechos que aún faltan. Sus compromisos apuntan a algo profundamente sencillo y a la vez urgente: la posibilidad de una vida digna para todas las personas, desde un feminismo que nos aloje, nos contemple en nuestras diversidades, reconozca nuestras similitudes y siga abriendo camino para que las próximas generaciones crezcan en un mundo donde la defensa de la vida no cueste la vida.

v Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños.

Convertir la pérdida en poder popular

(Daniela Cuenca, Brigadista de terreno)

La tierra colombiana es también tierra de organización popular, de resistencia y de luchas persistentes por los derechos humanos. En medio de su diversidad, su complejidad y sus profundas heridas, han sido los movimientos sociales quienes han sostenido la defensa de la vida frente a la violencia. Yanette Bautista es, y será siempre, una de las referentes indiscutidas de ese largo camino: una mujer que transformó una experiencia íntima de dolor (la violencia política atravesando su propia familia) en organización, en red, en comunidad. Donde hubo miedo y angustia, Yanette ayudó a construir poder colectivo; donde hubo pérdida, sembró memoria y esperanza.

Yannette Bautista
Yannette Bautista

Yanette inició su militancia en la Asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (ASFADDES) tras la desaparición forzada de su hermana, Nydia Érika Bautista, el 30 de agosto de 1987, en una operación conjunta de las Brigadas III y XX del Ejército Nacional1. Durante tres años emprendió una búsqueda incansable hasta lograr encontrar sus restos: Nydia había sido asesinada y enterrada como NN en un cementerio de Guayabetal, en el departamento de Cundinamarca2.

A finales de los años noventa, Yanette llegó a presidir la Federación de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos de América Latina (FEDEFAM), consolidando su liderazgo más allá de las fronteras de Colombia. Sin embargo, su compromiso también tuvo un alto costo: fue víctima de amenazas, hostigamientos y persecución política3, lo que la obligó a vivir en el exilio en España, Alemania y Costa Rica. Durante ese tiempo, lejos de detenerse, continuó organizando, articulando y sosteniendo procesos de denuncia contra la desaparición forzada.

En 2006, tras su regreso a Colombia, fundó formalmente la Fundación Nydia Érika Bautista por los Derechos Humanos (FNEB), aunque sus bases ya se habían tejido durante sus años de exilio en Alemania, luego de más de una década de lucha. Yanette fue la directora de la Fundación hasta su fallecimiento, el 1 de septiembre de 2025. 4Dedicó su vida entera a la reconstrucción del tejido social que la violencia intentó romper, convencida de que la memoria, la organización y el cuidado mutuo son formas profundas de justicia. Por eso, su ausencia hoy también es memoria colectiva. Su historia y su legado marcan un horizonte: no sólo para quienes creemos que otros mundos son posibles, sino para quienes, día a día, participan activamente en el cuidado de esos mundos amables que ya existen.

Tres meses antes de su partida, el 9 de junio de 2025, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) acreditó oficialmente a Yanette Bautista como víctima y como mujer buscadora en los macrocasos 08 y 11.5 Con este reconocimiento, la JEP validó no solo el sufrimiento personal provocado por la desaparición de su hermana, sino también su labor constante en la búsqueda de verdad y justicia, y su acompañamiento comprometido a cientos de familias víctimas en Colombia.

Acompañar para reconstruir, organizar para resistir

La Fundación Nydia Erika Bautista se dedica a la protección de los derechos de familiares de personas desaparecidas y ofrece un acompañamiento con enfoque integral, participativo y de género, ya que las búsquedas son encabezadas en su mayoría por mujeres, quienes afrontan diferentes daños a su salud física y mental en el arduo camino para encontrar a sus seres queridos6. La organización lucha contra la estigmatización a la que se ven expuestas las mujeres defensoras de DD.HH y la revictimización que atraviesan a diario por parte de organismos estatales y algunos sectores de la sociedad.

Según Amnistía Internacional Colombia “Las buscadoras en Colombia sufren de estigmatización en el discurso público, viven afectaciones a su dignidad humana, son discriminadas y afectadas en su buen nombre en respuesta a las denuncias que han hecho. Sufren violencia física, que en el caso de las mujeres buscadoras, tiene un carácter especial y causa un daño diferenciado, pues está atravesada por la violencia basada en género, por su vulnerabilidad a la violencia sexual y por un continuo de violencias contra la mujer que se expresa durante todo el ejercicio de búsqueda de los seres queridos desaparecidos forzadamente.7

Estas mujeres caminan la misma senda que recorren las madres de México que hoy excavan la tierra con sus propias manos y que las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo8 comenzaron a trazar en Argentina hace casi medio siglo, cuando transformaron el terror de la desaparición en una lucha pública por la verdad; en estos territorios latinoamericanos, atravesados por violencias similares, son mujeres (madres, hermanas, abuelas) las que enfrentan al poder, al silencio y a la impunidad, convirtiendo su dolor en organización colectiva, en memoria viva, en pedagogía del amor y sosteniendo una verdad común que atraviesa fronteras: que sin los cuerpos, sin los nombres, sin justicia, no hay paz posible para nuestros pueblos.

La Ley de Mujeres Buscadoras: un precedente nacido desde los territorios

En este camino de construir poder popular y reconocimiento a las mujeres que buscan en los diferentes territorios del país, la FNEB propulsó la Ley 2364 en 20249, que fue finalmente reglamentada por un decreto en enero 2026.10 Esta normativa, conocida como “Ley de Mujeres Buscadoras”, marca un hito en la historia reciente del país y se constituye como un precedente para Latinoamerica y el resto del mundo, proponiendo un enfoque integral que reconoce que las búsquedas de las personas desaparecidas han sido sostenidas, mayoritariamente, por mujeres que asumieron esta tarea en escenarios complejos, de abandono y violencia, estigmatización y riesgo. En este sentido, se incorpora una perspectiva de género que reconoce las desigualdades estructurales que vivencian estas mujeres, así como las violencias diferenciadas que enfrentan por su condición de género, etnia y su rol comunitario.

Otro aporte central es el reconocimiento de la búsqueda como un trabajo social, político y comunitario, y no únicamente como una experiencia de duelo privada e individual. Se visibiliza la carga emocional, física y económica que implica buscar en Colombia, y establece obligaciones estatales en materia de protección, acompañamiento psico espiritual, acceso a la justicia y garantías de no repetición. De esta manera, transforma una práctica históricamente invisibilizada en una responsabilidad pública11.

En un escenario regional marcado por la persistencia de la desaparición forzada en países como México, Argentina, Guatemala o Perú12, la experiencia colombiana ofrece una referencia concreta: una legislación construida desde la lucha de las propias buscadoras, que reconoce su agencia política y su papel en la reconstrucción del tejido social. Más que un cierre, esta ley abre un camino posible para pensar marcos normativos que partan del cuidado, la memoria y la justicia con enfoque de género.

Finalmente, el verdadero desafío que plantea la Ley de Mujeres Buscadoras no es solo su existencia formal, sino su implementación efectiva. Convertir este reconocimiento en políticas públicas sostenidas, con recursos adecuados y garantías reales, es una tarea pendiente que interpela tanto al Estado colombiano como a la comunidad internacional13. Acompañar este proceso es fundamental para que este precedente no quede aislado, sino que inspire transformaciones profundas en otros territorios atravesados por la violencia y la búsqueda.

La militancia desde el amor

El trabajo de Yanette no se limitó a la incidencia jurídica ni a la construcción normativa, su mayor legado vive en los procesos colectivos que acompañó y fortaleció en los territorios. La organización Madres por la Vida de Buenaventura14, es un ejemplo de como Yanette fue no sólo una aliada, sino una guía política y afectiva. Según relatan muchas de ellas, durante las actividades compartidas, su acompañamiento fue decisivo para reconocerse como sujetas políticas, como defensoras de derechos humanos en sus propios territorios, capaces de exigir verdad, memoria y justicia sin renunciar al cuidado colectivo.

A estas mujeres se las conoce como “las patidescalzas”15: madres que caminan descalzas sus barrios, riberas y cementerios, sosteniendo la búsqueda con el cuerpo expuesto y la memoria viva. Esa forma de nombrarse condensa una ética de la lucha que Yanette supo leer y fortalecer: la de mujeres que, aun en condiciones extremas, convierten el dolor en organización y el aislamiento en red. Este mismo enfoque guió su acompañamiento a otros procesos emblemáticos del país, como el de las madres de la Comuna 13 de Medellín, que comparten su lucha en el documental Si la escombrera hablara”16. Allí, la palabra poética y el arte se transformaron en denuncia, en archivo vivo, en una manera de decir aquello que la tierra esconde y el Estado aún se resiste a escuchar.

En palabras de una de ellas “ Yanette fue la que nos dijo que sí podíamos buscar, que sí podiamos buscar en el mar, en el estero, en el río. Era la que siempre nos decía “Hágale mamita que usted puede”. Hoy, su “mayora” está presente en cada momento de encuentro, en cada espacio de limpieza espiritual que se llena de alabaos y la nombra, la recuerda, manteniendo viva su lucha en el tiempo.

Defender la vida

La historia de Yanette no es una historia más: es una historia poderosa, profundamente enraizada en la vida de Colombia. Su trabajo hizo (y hace) frente al horror, memoria frente al olvido, lucha frente a la impunidad. Pero también habla de un país que, aun atravesado por la violencia, no ha perdido la capacidad de cuidarse, de encontrarse, de celebrar la vida.

Colombia es también la amabilidad que se ofrece sin preguntas, el baile que irrumpe incluso en medio del duelo, la risa compartida, la solidaridad cotidiana entre quienes resisten juntxs. Es la fuerza de las mujeres, la ternura que convive con la firmeza, la creatividad que transforma el dolor en arte y el miedo en comunidad. En ese país diverso y vibrante, la lucha por los derechos humanos no es sólo activismo: es abrazo, es cuerpo en movimiento, es amor organizado.

Apoyar el legado de Yanette Bautista no es únicamente un gesto simbólico: es apostar por esa Colombia que ya existe, la que se levanta desde los territorios, la que cree en la verdad, la justicia y la reparación como caminos posibles. Es respaldar a quienes, con alegría, coraje y compromiso, trabajan cada día por sostener la vida y seguir construyendo futuros dignos, donde la memoria no pese como una carga, sino que ilumine el camino compartido.

 

 

7Amnistía Internacional. (2024). Colombia: El tempestuoso camino de las buscadoras de víctimas de desaparición forzada. Amnistía Internacional. https://www.amnesty.org/es/latest/news/2024/12/colombia-buscadoras-desaparicion-forzada/https://www.amnesty.org/es/latest/news/2024/12/colombia-buscadoras-desaparicion-forzada/

Lo que creamos, nos protege

Durante el Encuentro de Mujeres Defensoras de 2023, reunidas, con las manos llenas de objetos de nuestros territorios, construimos un círculo de protección. Una mandala que envolvía la sala que nos acogió durante el encuentro y que fue testiga de muchos bellos momentos de creación, ternura y diálogo entre mujeres. El círculo de protección estuvo representado en seis momentos, cada uno nombrado según el sentir de las participantes y construidos desde la espontaneidad y las ganas de traer nuestras reivindicaciones y anhelos al espacio. Identificamos seis pilares de la protección para las defensoras, pilares que tienen que ver con proteger lo que somos, proteger lo que soñamos.

Seguir leyendo Lo que creamos, nos protege

El cuento del Encuentro de Mujeres Defensoras 2023

Érase una vez un pájaro en una playa… 

Érase una vez diez leonas…

Érase una vez una veintena de defensoras…

Del 15 al 18 de febrero nos reunimos en La Mesa, Cundinamarca, 25 mujeres. Mujeres de diferentes territorios colombianos con acompañantes de PBI de varios países: San José de Apartadó, Cali, Vistahermosa y Puerto Rico en Meta, Bogotá, Catatumbo, Remedios, Sur de Bolívar, Barrancabermeja, Puerto Asís, Portugal, Estado español y Estados Unidos. La mujer más joven de todas nosotras tenía 24 años y la más mayor 72. Veníamos de organizaciones como ACVC, Adispa, Ascamcat, Cahucopana, Cajar, Comunidad de Paz, CSPP, Credhos, DH Colombia, Karisma, Limpal, Movice, Nomadesc y PBI. Cada una con nuestras historias, nuestros sueños y nuestros dolores.

Seguir leyendo El cuento del Encuentro de Mujeres Defensoras 2023

Julia Figueroa: “Defender los Acuerdos de Paz desde el interior del Catatumbo se ha vuelto un riesgo altísimo”

El Catatumbo, epicentro de la violencia sociopolítica y del conflicto armado durante décadas, abarca diez municipios del departamento del Norte de Santander, región fronteriza con Venezuela. La firma del Acuerdo de Paz en 2016 trajo consigo la esperanza de paz y de una vida digna posible para las comunidades. Sin embargo, la falta de su implementación integral no ha permitido abordar las causas estructurales del conflicto armado y ha dejado a las comunidades a merced de la degradación de la violencia. La Corporación Colectivo de Abogados Luis Carlos Pérez (CCALCP), colectivo de mujeres abogadas y defensoras de derechos humanos con una trayectoria de 22 años en la defensa de los derechos humanos, es una de las organizaciones que acompaña a la Asociación Campesina del Catatumbo (Ascamcat) y a comunidades campesinas del Catatumbo, a quienes representa desde el litigio estratégico para exigir el cumplimiento de los Acuerdos de Paz.

Según Julia Figueroa, presidenta del colectivo de abogadas, las comunidades campesinas del Catatumbo han visto sus derechos vulnerados por el incumplimiento de los Acuerdos de Paz y, en particular, por la crisis humanitaria y económica suscitada con el incumplimiento del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS) [1] estipulado en el punto 4 de los Acuerdos [2]. Específicamente, tal y como prevé el punto 4.1, el Gobierno se comprometió a poner en marcha el PNIS con el fin de generar condiciones materiales de bienestar y buen vivir para las comunidades que subsisten de los cultivos de uso ilícito. La población a la que representa CCALCP hace parte del primer plan piloto del PNIS que comenzó en 2017 en cuatro veredas del municipio de Tibú (Catatumbo) estas son: Caño Indio, Palmeras Mirador, Chiquinquirá y Progreso 2.

Seguir leyendo Julia Figueroa: “Defender los Acuerdos de Paz desde el interior del Catatumbo se ha vuelto un riesgo altísimo”