Archivo de la categoría: PBI Colombia

Proteger cuerpo, mente y corazón

Todas estamos en continuo diálogo con nuestro entorno, cada cosa que pasa a nuestro alrededor tiene una respuesta en pensamientos, emociones y sensaciones. Estas son el altavoz que nos indica si necesitamos ser tapadas, beber agua o poner un límite ante algo desagradable. Las sensaciones y emociones son, por lo tanto, nuestra primera fuente de información para poder sentirnos bien. Lejos de ser máquinas que pueden con todo, los seres humanos somos seres vulnerables, eso quiere decir que somos cuerpos que se enferman, aprenden, se despiertan con energía y se acuestan cansados, se ríen, se enamoran, tienen hambre o frío, necesitan abrazos y ser escuchados, fallecen. Esta vulnerabilidad no es sinónimo de debilidad, al contrario, nos convierte en seres vivos conectados con el ecositema y en las principales sabedoras de nuestras vidas, con capacidad de decidir sobre qué necesitamos.

También somos interdependientes, estas necesidades no se satisfacen solas, sino que dependen de la gente que nos rodea: una madre, una abuela, una amiga, una compañera de equipo, una pareja, una vecina o alguien con quien simplemente coincidimos en la calle. De ahí que sea tan importante saber recorrer los caminos de lo que sentimos, para saber qué necesitamos y poder comunicarlo al resto. Pero no siempre la interdependencia nos aporta cuidado. En contextos de violencia sociopolítica, pueden poner en entredicho de manera sistemática nuestras necesidades, no solo como personas, sino como comunidades, haciendo que no podamos responder a lo que necesitamos y generando constantemente insatisfacción y emociones como el miedo, la frustración, el enfado o la desesperanza.

La violencia sociopolítica ataca a nuestros cuerpos y a nuestros territorios, que siempre están en vínculo, como indican las feministas latinoamericanas al hablar del «cuerpo territorio». La violencia sociopolítica, por lo tanto, en su persecución por atacar el tejido social, busca romper la confianza y los vínculos entre personas y eso lo hace, entre otras formas, a través del miedo, del estrés y la desesperanza. Que nos de miedo actuar, que actuemos por impulso sin pensar qué necesitamos, que estemos aisladas o que pensemos que nada se puede cambiar es parte de la estrategia emocional del miedo. Para llevarla a cabo, el ataque contra el cuerpo, la mente y el corazón de las personas y comunidades es claro. Un cuerpo adolorido, tenso por años, una mente llena de preocupaciones y un corazón sin esperanza, son la fórmula del miedo como arma de guerra. Y es que la violencia produce todo esto sobre nosotras, con implicaciones muy fuertes sobre nuestra salud y la solidez de los vínculos que creamos.

Ante eso, ¿qué hacer? Proponemos apostar por el cuidado, aunque sea difícil en muchas ocasiones. Cuidar no es siempre sentirse bien, no es estar estirada descansando, es también todo lo que hacemos para enfrentar las situaciones adversas. Dentro de este cuidado, es fundamental proteger el cuerpo, la mente y el corazón, ya que todas las violencias nos impactan a estos niveles. Cuerpo, mente y corazón están siempre unidos y lo que le afecta a uno le afecta al otro. Desde el trabajo de protección integral de PBI, queremos destacar algunas prácticas cuidadosas con nosotras mismas que hemos ido recogiendo en el trabajo en Colombia.

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“Compromiso común por acompañar”

Damos una calurosa bienvenida a las 7 nuevas y nuevos brigadistas de terreno que reflexionan colectivamente sobre su llegada

En la foto les saludan: Mari Carmen (España) acompaña desde el equipo de terreno en Bogotá, mientras que Ana (México), Brenda (España) y Carlos (Nicaragua) lo realizarán desde Barrancabermeja y Leticia (Brasil), Louise (Francia) y Adrià (España) en Apartadó.

«Como nuevas personas voluntarias hemos finalizado el proceso de selección y formación inicial para integrarnos a nuestros equipos de terreno. Aunque esto ha significado que el grupo de entrada se separe, nos hemos mantenido en comunicación para compartir sobre los diversos procesos de integración, la diversidad de perspectivas que tenemos y la construcción de relaciones con los y las acompañadas y las brigadistas de nuestros equipos. En este grupo nos hemos reconocido desde el interés y compromiso común por acompañar y aprender de las personas, organizaciones y comunidades defensoras de derechos humanos que PBI ha acompañado desde hace 28 años».

¡Bienvenidas y bienvenidos!

PBI Colombia

CONVOCATORIA ABIERTA PARA BRIGADISTAS DE TERRENO PBI COLOMBIA

CONVOCATORIA PROCESO 2021 PARA ENCUENTRO DE FORMACIÓN/SELECCIÓN AGOSTO/SEPTIEMBRE 2022

PBI Colombia abre proceso de admisión de solicitudes para el próximo Encuentro de Formación/Selección de nuevas personas voluntarias de terreno, que tendrá lugar durante la semana del 28 de agosto al 4 de septiembre de 2022 en España.

La incorporación de las personas seleccionadas será a partir de octubre, en primera fecha  (habrá otras fechas de incorporación en los meses siguientes).

  • FECHA LÍMITE para la recepción de solicitudes: 22 de mayo 2022 (23:59 horas). Todas las solicitudes (con referencias), recibidas hasta esa fecha serán tomadas en cuenta para este proceso de formación y selección.

Las personas que ya participaron en procesos selectivos anteriores (2020, 2021 y 2022) y, tras haber superado fase de entevista y haber sido invitadas al Encuentro de Formación/Selección, no pudieron participar, NO es necesario que vuelvan a realizar el proceso de solicitud completo. Para estas personas que quieran REACTIVAR su participación en el próximo Encuentro de Agosto/Septiembre 2022, por favor comunicar a José Serrano (coeq@pbicolombia.net), dejando constancia de la reactivación de su petición de participar en el próximo Encuentro.

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La masacre que transformó a la Comunidad de Paz para siempre

El 21 de febrero 2005, las veredas de Mulatos y La Resbalosa (Antioquia), ubicadas a cinco horas de la Holandita, asentamiento principal de la Comunidad de Paz, fue el escenario de un crimen atroz que, una vez más, golpeó a sus pobladores. Ocho personas, de las cuales cuatro eran menores de edad, fueron asesinadas, desmembradas y enterradas en una fosa común. Entre las 8 víctimas de esta masacre, 7 eran miembros de la Comunidad de Paz: Luis Eduardo Guerra, líder histórico y fundador de la Comunidad, Bellanira Areiza, su compañera y Deiner Andrés Guerra, su hijo de 11 años; Alfonso Bolívar Tuberquia Graciano, el coordinador de la Zona Humanitaria de La Resbalosa, Sandra Milena Muñoz Posso, su esposa, Natalia y Santiago, sus dos hijos de 5 años y 20 meses.

La masacre fue perpetrada por un comando de alrededor de 60 paramilitares del Bloque Héroes de Tolová de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) junto con tropas adscritas a la Brigada XVII del Ejército[1]. Estos hechos, que marcaron profundamente la resistencia de la Comunidad de Paz, pusieron en evidencia la degradación de una guerra que, más que combatir a los alzados en armas, se ensañó con campesinos y campesinas que apostaban por la paz en medio de tanta violencia. La acciones beligerantes contra la Comunidad de Paz no eran nuevas ni cesarían después de la masacre. Según Brígida González, fundadora y lideresa histórica de la Comunidad, con esa masacre les quisieron decir “otra vez, reitaradamente, que no tenía que haber organizaciones sociales”[2].

Mediante el arte, con el fin de nunca olvidar y sanar lo sucedido, Brígida Gonzáles, quien además de lideresa es artista reconocida con el Premio a la ‘Creatividad de la mujer en el medio rural’, pintó esta historia, que hoy se encuentra en el Museo Nacional de Bogotá,

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“En medio de este miedo, hay ganas de vivir”: retrospectiva del Nordeste Antioqueño

Remedios y Segovia son dos municipios geográficamente unidos e históricamente golpeados por el conflicto armado. Ambos municipios rurales conforman la subregión del Nordeste Antioqueño, en el departamento de Antioquia. La región está cuidada por las manos de cada una de las personas empeñadas en el campesinado y en la minería artesanal. Desde sus pequeños cascos urbanos se pueden ver los brazos de la Serranía de San Lucas, montañas de la Cordillera Central, que esconden una enorme riqueza: el oro. De acuerdo con la alcaldía de Segovia, solamente en dicho municipio se obtiene casi el 7% del oro de todo el país y el 39% del Nordeste Antioqueño[1]. Esto explica la gran cantidad de mineros y mineras que, generación tras generación, han transmitido sus conocimientos sobre la minería artesanal, técnica menos dañina con la naturaleza, en comparación con la minería a gran escala.

La abundancia de los recursos naturales de estas tierras ha propiciado, además de la llegada de empresas multinacionales, como la canadiense Gran Colombia Gold[2], la presencia de grupos armados ilegales que encuentran en la minería una fuente de financiación sumamente lucrativa. En el Nordeste Antioqueño, región altamente militarizada, resisten las comunidades a través de la activación de sus propios protocolos de protección, a falta de un acompañamiento del Estado que garantice su seguridad[3]. A pesar del enorme trabajo que realizan organizaciones defensoras de derechos humanos, como la Asociación Campesina del Valle del Río Cimitarra (ACVC) y la Corporación Acción Humanitaria por la Convivencia y la Paz del Nordeste Antioqueño (CAHUCOPANA), ambas acompañadas por PBI, la violencia parece no tener fin.

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