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Unión es protección

Unión es protección: Comunidad de Paz desarrolla concepto integral de vida y protección en Colombia

por Michael Harram, Brigadista de terreno, PBI Colombia

Nos ubicamos en lo profundo del Urabá antioqueño, entre naturaleza y cultivos varios. Se encuentra la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, un grupo de campesinxs que lleva casi treinta años resistiendo desde el trabajo, la unión y la dignidad, bajo el férreo principio de la no violencia y la neutralidad ante el conflicto armado. Aquella comunidad nació oficialmente el 23 de marzo de 1997, cuando sus habitantes, cansados de la violencia y del control de los grupos armados, decidieron algo muy fuerte: declararse neutrales, vivir sin armas y organizarse bajo principios de solidaridad, respeto y autonomía.

La región del Urabá siempre ha sido terreno de conflicto. Su ubicación, estratégica entre el Caribe, el Chocó y el interior de Antioquia, la convierte en un punto clave para el comercio, pero también en un lugar donde muchos quisieron tener el control. Esta zona de ríos, montañas y suelos fértiles es ideal para sembrar cacao, maíz, plátano y yuca… pero esa misma riqueza también trae violencia. En los años ochenta y noventa la guerra se instaló de lleno: guerrillas, paramilitares y el Ejército se enfrentaban sin tregua, y el campesinado quedaba atrapado en medio del fuego cruzado. Muchas personas fueron desplazadas, otras asesinadas solo por negarse a tomar partido. Las personas de la comunidad se cansaron de tanta violencia y crearon una comunidad basada en la paz, la solidaridad y el trabajo compartido. Querían demostrar que era posible vivir sin armas, cuidando la tierra y apoyándose entre todas. Esa apuesta por estar juntos y juntas es lo que les permitió crecer como resistencia.

Toda esta violencia hizo que rompieran relaciones con la fuerza pública y otras instituciones del Estado, porque alegan que no les brindan las garantías de seguridad que pide la comunidad, también por vínculos que según constantes denuncias de la la misma Comunidad la Brigada XVII historicamente ha tenido con grupos paramilitares.

Con el paso del tiempo, La Comunidad de Paz comenzó a articular varias estrategias de resistencia, resiliencia y autoprotección. Ellxs tienen claro: la unión es protección. Y por eso trabajan la para construir esa unión, cada día y a todo nivel: social, económico, ecológico, educativo, cultural y espiritual, además de internacional. En primer lugar, el trabajo comunitario: hacer las mingas, jornadas laborales colectivas donde familias enteras siembran, cosechan y comparten los frutos. Eso garantiza que nadie pase hambre y refuerza los lazos entre todxs – el tejido social. De ahí nació la apuesta por la soberanía alimentaria: producir lo propio para no depender del mercado ni de ayuda externa, algo vital cuando las carreteras estaban bloqueadas por retenes ilegales y se hizo imposible llegar a los mercados.

Más tarde, adoptaron la agroecología: dejar los químicos, conservar semillas nativas, cuidar el suelo y el agua, trabajar en armonía con la naturaleza. No solo es una técnica, es un gesto político, y colaboran con emprendimientos como Lush Cosmetics, quienes se convirtieron en socios internacionales para comprarle a la Comunidad un cacao más ecológico y respetuoso con el medioambiente para la producción de jabones.

El cultivo de cacao orgánico se volvió otro pilar de su resistencia. Los y las campesinas de la Comunidad de Paz lo siembran en sistemas que cuidan la biodiversidad, lo fermentan, lo secan y lo venden bajo comercio justo. Hoy ese cacao es su principal fuente de ingresos y también un símbolo de autonomía; demuestra que se puede vivir del campo sin destruirlo. Las ganancias permiten sostener proyectos en educación, salud y mejoras comunitarias.

La memoria y la cultura tienen un papel clave en el camino de la Comunidad de Paz. Recordar a las víctimas, hacer caminatas por los sitios donde ocurrieron crímenes, sembrar árboles, pintar murales, cantar, contar historias y producir obras de teatro comunitario — todo eso mantiene viva la identidad campesina y refuerza la comunidad. Tienen espacios físicos como mausoleos o cementerios propios para honrar a quienes han caído, y esas acciones son resistentes por sí solas. Hacen acciones de memoria, como el via crucis que realizan en Semana Santa, recordando a sus seres queridos, o diferentes estructuras espirituales: hacer memoria es pasar por el corazón.

Hoy, uno de los retos más grandes para la comunidad es el tema de la tierra. Mientras sigue habiendo amenazas de grupos armados ilegales que provoca desplazamientos en la región, se instala la problemática del extractivismo. Empresas de palma, minería o ganadería buscan quedarse con el territorio, prometiendo desarrollo, pero en realidad ponen en riesgo la autonomía de la comunidad y destruyen la naturaleza. La Comunidad de Paz defiende su territorio en contra de planes de una carretera que pasaría por sus terrenos y que según las denuncias de la Comunidad carece de una planificación legal, resistencia que ha provocado ataques violentos y hasta asesinatos en contra de la Comunidad.

Aun cuando la comunidad recibió un reconocimiento, e incluso una disculpa pública, del mismo Estado y medidas de protección del Sistema Interamericano de Derechos Humanos , reciben amenazas, vigilancia y hostigamientos: intentos de intimidación para que se alineen o dejen el terreno. Ponen a la población civil en la zona en contra de la Comunidad, lo que provoca su aislamiento . Pero sus integrantes se mantienen fieles a sus métodos pacíficos de resistencia. Siguen firmes con sus principios de no violencia y neutralidad, defienden su territorio, se apoyan entre ellxs y hacen visible su lucha ante organizaciones nacionales e internacionales. Saben que la violencia cambió de forma, pero el riesgo sigue ahí. Por eso se enfrentan a la violencia a su manera: defienden la tierra, cuidan el agua, reforestan y perseveran en su proyecto de vida colectivo, siempre respetando el principio de no violencia.

La tierra se trabaja en familia y comunidad. Cada familia tiene su parcela, pero hay terrenos comunes y actividades colectivas en las que todos participan. Los alimentos o el pancoger se reparten entre las familias conforme a sus necesidades, y el excedente se comparte o se vende colectivamente. Los ingresos del cacao y otros productos permiten financiar proyectos comunes. Este modelo demuestra que la cooperación es más fuerte que el egoísmo. Permiten que los y las jóvenes puedan trabajar y les dan un jornal, para que puedan tener sus ingresos y que cada unx pueda ayudar a su familia. Esto también crea un relevo generacional para que la comunidad pueda seguir muchos años.

En educación, los niños y niñas aprenden mucho más que a leer o escribir: aprenden a vivir como comunidad y a resistir. Desde muy pequeñxs conocen sus derechos, la historia de su pueblo y cómo cuidar la tierra. Las niñas tienen un papel clave: participan en la escuela, ayudan en los cultivos y en proyectos comunitarios, lideran actividades y cuidan la memoria de la comunidad, aprendiendo a ser fuertes, responsables y cuidadoras de su territorio. La cultura, la música, el teatro, las artesanías y la memoria diaria se convierten en formas de educar, resistir y construir sentido de pertenencia. Siempre son transparentes con las infancias; en ningún momento les ocultan ningún evento catastrófico ni nada relevante que haya pasado en la comunidad. Eso es parte de seguir manteniendo viva la memoria histórica.

Finalmente, la soberanía alimentaria les permitió no solo resistir, sino vivir con dignidad. En los momentos más duros, cuando la comida no llegaba y los caminos estaban cerrados, la comunidad se alimentaba con lo que producía. Sus huertas y cultivos diversificados aseguraron que nadie pasara hambre y fortalecieron su independencia económica y política. El trabajo en la tierra se transformó en un acto de vida.

Así, en la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, sembrar no es solo cultivar alimentos, sino sembrar vida, resistencia y esperanza. Cada huerta, cada grano de cacao, cada aula, cada caminata por la memoria es un recordatorio de que la paz se construye día a día, con esfuerzo colectivo, cuidado de la tierra y compromiso de proteger a la comunidad para las futuras generaciones. Allí, donde la violencia intentó borrar la esperanza, la vida sigue creciendo, y la paz huele a cacao, a tierra mojada y a dignidad campesina.

¿De qué desarrollo estamos hablando?

¿Hay algo, además del desarrollo, que se quiera tanto?

Difícilmente alguien dirá que no quiere el desarrollo, sin embargo, la Comunidad de Paz de San José de Apartado, conformada por campesinas y campesinos desplazados y despojados a causa del avance paramilitar en la región en los años 90, y que ahora representan un proyecto de resistencia y protección del territorio en una zona neutral frente al conflicto armado, ha sido tachada de “antidesarrollista”. Y, efectivamente, de alguna manera se podría decir que lo es, porque se opone a un concepto de desarrollo “extractivista”, un desarrollo que incentiva el drenado del río y el agotamiento de los recursos naturales a expensas del medio ambiente. A lo largo del articulo serán expuestas algunas de las afectaciones y violencias sociopolíticas, ambientales y sistemáticas, a las que el proyecto de vida de la Comunidad de Paz se ha resistido, opuesto y denunciado para construir espacios colectivos de paz en medio del conflicto armado.

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LA COMUNIDAD DE PAZ: IMPUNIDAD Y CONTROL PARAMILITAR

El 21 de febrero se conmemoró la masacre de Mulatos y la Resbalosa, perpetrada por la Brigada XVII del Ejército y el grupo paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), en la que fueron asesinadas 8 personas, de las cuales 7 eran miembros de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó y 3 de ellas menores de edad[1]. En el 2005, durante la Operación Fénix, un comando de aproximadamente 60 paramilitares junto con tropas del Ejército, asesinó a uno de los líderes de la Comunidad de Paz, Luis Eduardo Guerra y su familia en la vereda de Mulatos y, posteriormente, masacró a la familia de Alfonso Bolívar, líder de la zona humanitaria de la Resbalosa. Desde entonces, cada año, se recuerda ese día en las veredas, en un ejercicio de memoria y denuncia de la impunidad que vive el país.

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A 18 años de la Masacre de Mulatos y La Resbalosa

Hace 18 años ocurrió un hecho que marcó a la Comunidad de Paz de San José de Apartadó: la Masacre de Mulatos y La Resbalosa, en donde fueron cruelmente asesinadas 8 personas, de las cuales 3 de ellas menores de edad. Dicha masacre, perpetrada por la Brigada XVII del Ejército y el grupo paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), marcó un hito de separación con el Estado debido a la falta de garantías de seguridad y a su responsabilidad en torno a la impunidad de estos y más hechos de violencia que ha enfrentado la Comunidad de Paz desde su conformación.
La comunidad, que el 23 de marzo de 1997 se declaró Comunidad de Paz como estrategia de resistencia y permanencia en el territorio en medio del conflicto armado, no ha dejado de ser objeto de actos de violencia por parte de actores armados legales e ilegales.

Ahora, con la fuerza y determinación acumulada después de años de resistencia y lucha, la Comunidad rindió homenaje a las 8 personas asesinadas, 7 de las cuales eran miembros de la Comunidad de Paz: Luis Eduardo Guerra, Bellanira Areiza, Deiner Guerra, Alfonso Bolívar Tuberquia, Sandra Muñoz, Natalia Tuberquia Muñoz y Santiago Tuberquia Muñoz.
En este acto conmemorativo y solemne, se entonaron cantos liderados por la voz de las niñas y los niños que conforman la Comunidad. Se recordó a cada miembro ausente físicamente, pero que están necesariamente presentes en la memoria colectiva para seguir defendiendo el territorio y exigiendo justicia.

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Diario de una Brigadista

Mis 10 primeros días como brigadista de terreno en el equipo de Urabá, PBI Colombia

Soy Itsaso, brigadista de terreno de PBI del equipo de Urabá. Tengo 31 años. Sí… Soy de las mayores del equipo y me siento nostálgica, alegre y, a la vez, orgullosa de mí misma por el recorrido realizado durante estos casi 7 meses como brigadista de terreno en Urabá.

Fueron tantas las emociones, incertidumbre, dudas, miedos y ganas que sentí cuando entré a terreno que será bonito hacer memoria, recordar aquellos días e intentar volver a saborearlos. Así que me pondré un poco de incienso, me haré una taza de té y un pequeño masaje antes de ponerme a recordar y comenzar este viaje en el tiempo.

Pienso en cuál fue la razón por la que comencé este nuevo proyecto… conocer de cerca las resistencias y luchas de las personas defensoras de derechos humanos y, desde mi posición y trabajo en PBI, poder acompañar sus procesos para construir un mundo en paz.

¡Preparadas, listas… Allá vamos!


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